«Estamos haciendo niños»light«, que a todo tienen derecho, pero sin tener deberes»


Martes 12 de febrero de 2008
por  Cuadernalia
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(lne.es) El juez de menores de Granada Emilio Calatayud demostró el pasado sábado en la Casa de Cultura de La Fresneda por qué se ha hecho famoso. En una charla organizada por la plataforma vecinal de la localidad, habló ante un numeroso público de la educación de los hijos y de los retos y necesidades de la sociedad en materia de educación, con una gran sensatez acompañada de un agudo sentido del humor que desataron admiración, risas y aplausos. La Fresneda,

Manuel NOVAL MORO

El juez de menores de Granada Emilio Calatayud aterrizó en La Fresneda el pasado sábado para explicar en una charla su visión sobre la educación de los menores y para hacer una crítica aguda de algunos de los usos familiares y sociales que están provocando la proliferación de jóvenes problemáticos.

Para Calatayud, uno de los problemas fundamentales es lo que llama el «complejo de joven democracia». El paso de la educación excesivamente autoritaria al otro extremo, la excesivamente permisiva.

El juez cree que en España las cosas estaban mucho más claras antes. Nadie discutía los modos del padre autoritario. Sin embargo, con la llegada de la democracia, «y sobre todo de determinados psicólogos y sociólogos», se empezó a extender la idea del diálogo, de no imponer, de convencer a los hijos, y, «como no tenemos término medio, hemos pasado de ser el padre autoritario a ser colegas de nuestros hijos. Pero yo no soy amigo de mis hijos. Soy su padre, y punto. Porque si me convierto en amigo de mis hijos estoy dejando a mis hijos huérfanos. Yo soy su padre, para lo bueno y para lo malo». Para Calatayud, no es bueno ninguno de estos dos extremos.

Del padre autoritario se ha pasado al padre a merced de los caprichos de sus hijos, que está desprotegido. «Hemos pasado de ser esclavos de nuestros padres a ser esclavos de nuestros hijos», señaló el juez de Granada. También se refirió al cambio del Código Civil, que supuestamente prohíbe el cachete al señalar que los padres podrán educar a los hijos «sin atentar contra la integridad física o psíquica del menor». «Que me expliquen a mí cómo se hace esto, porque si le doy un azote en el culo le estoy dando un maltrato, y si le pongo de cara a la pared le estoy creando un trauma psicológico de una pantalla blanca que le va a traer unas secuelas continuas. Nos lo ponen cada día más difícil», reconoció.

Tiene claro que «es mucho más difícil ser padre que ser juez de menores». Por esta razón, aboga por que se instaure una escuela de padres, «para enseñar a las personas a educar adecuadamente». El principal problema, en su opinión, es que se ha dado por supuesto que los niños tienen todos los derechos, pero siempre se obvia que tienen deberes. «Estamos haciendo niños muy «light», a todo tienen derecho, pero no se les ha hablado del artículo 155 del Código Civil», que dice que los hijos deben obedecer a sus padres mientras permanezcan bajo su potestad y respetarles siempre y contribuir al levantamiento de las cargas de la familia.

Esto ha traído como consecuencia un aumento espectacular de las conductas delictivas. El año pasado, por ejemplo, por su Juzgado pasaron 165 denuncias de padres de niños maltratadores, casi todos de clase media alta.

En su opinión, ha pasado lo mismo con la escuela. Cree que «hay que devolver la autoridad y el prestigio que tenía el maestro, y ahí estamos obligados los padres a devolver esa autoridad». Calatayud no está de acuerdo con la política de expulsión de alumnos de los centros.

Cree que así como la justicia ha sabido incorporar a sus equipos psicólogos, educadores o trabajadores sociales que permiten conocer las circunstancias personales y sociales del menor, los centros escolares deberían hacer lo mismo y trabajar con los alumnos para recuperarlos.

En la charla de ayer acompañaron a Calatayud el portavoz de la plataforma, José Carlos de Castro, y el vocal del Consejo General del Poder Judicial Agustín Azparren. Este último destacó las cualidades profesionales y humanas del ponente, su sentido común e imaginación, que han hecho de sus sentencias un ejemplo: condenas a aprender a leer y escribir, a limpiar la fachada del Juzgado o a acompañar a los bomberos.

Quizá lo que lo convierte en referencia es lo que demostró ayer durante toda la charla: que sabe que por graves que hayan sido los delitos que cometieron, al fin y al cabo se trata de niños y como tales hay que tratarlos.

Pero no le tiembla la mano si tiene que condenar a diez años de internamiento a un menor que cometió un delito grave. De hecho, este internamiento puede ser su salvación. Un joven al que condenó a diez años, al salir del centro le dio las gracias al juez por haberlo hecho.





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